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Vulnérabilité chimique : un danger invisible dans les lieux festifs

Vulnerabilidad química: un peligro invisible en los lugares festivos

Cae la noche, sube la música, chocan los vasos. En esos momentos de
despreocupación que son las fiestas, una amenaza insidiosa acecha cada vez más a menudo:
la de la vulnerabilidad química. Aún poco conocida por el gran público, esta forma
de agresión se basa en la explotación del estado de debilidad de una persona
que ha consumido voluntariamente alcohol o una sustancia psicoactiva, para
cometer un acto de violencia, a menudo de carácter sexual. No debe confundirse con
la sumisión química, que consiste en drogar a alguien a sus espaldas; la vulnerabilidad
química se inscribe en un contexto donde el consentimiento se hace imposible debido
a la alteración de la conciencia de la víctima.
La vulnerabilidad química es una forma de agresión rastrera. Es difícil de
identificar, de denunciar y de probar. Sin embargo, está lejos de ser infrecuente. Según una
encuesta realizada por Santé Publique France en 2023, cerca del 13 % de las mujeres
de entre 18 y 25 años declaran haberse enfrentado ya a una situación en la que se
sentían vulnerables bajo los efectos del alcohol, y donde una persona intentó aprovecharse
de este estado. Esta cifra asciende a más del 20 % en el marco de las fiestas estudiantiles.

La diferencia entre vulnerabilidad química y sumisión
química

Es esencial distinguir estas dos nociones, a menudo confundidas. La sumisión
química implica la administración a espaldas de la víctima de una sustancia que altera su
comportamiento, su vigilancia o su conciencia. Esto puede ocurrir mediante drogas
como el GHB, la ketamina o incluso somníferos introducidos discretamente en
una bebida.

Los efectos suelen ser rápidos y pueden ir desde la pérdida de
memoria hasta la incapacidad total de reacción.

La vulnerabilidad química, por su parte, se basa en un contexto diferente: la sustancia
se consume voluntariamente, a menudo en un entorno festivo. Pero esta
consumición crea un estado de debilitamiento físico o psicológico que
el agresor explota intencionadamente. Puede tratarse de alcohol, cannabis u
otras sustancias psicoactivas. El punto común con la sumisión química
sigue siendo la intención: aprovecharse de la alteración de la conciencia para abusar de la víctima.
Es importante subrayar que la vulnerabilidad química, aunque más difícil de
probar jurídicamente, no exime en nada al agresor de su responsabilidad. La
consumición voluntaria de alcohol no puede en ningún caso considerarse como una
forma de consentimiento implícito.

Una realidad banalizada, todavía demasiado invisible

Este tipo de agresión ocurre a menudo en contextos donde la vigilancia se relaja:
fiestas estudiantiles, afterworks con alcohol, conciertos, bares. El ambiente festivo crea un
clima propicio para la banalización de los comportamientos inapropiados. Ocurre incluso que
algunas personas justifican actos inaceptables con la frase tristemente
clásica: «ella había bebido demasiado». Sin embargo, esta lógica es peligrosa y culpabilizadora.
El estado de embriaguez no anula los derechos fundamentales y, sobre todo, no justifica en
ningún caso una agresión.
Una de las grandes dificultades en el reconocimiento de la vulnerabilidad química es
que es menos espectacular que la sumisión química. No siempre hay
pérdida de conocimiento o rastros físicos. Sin embargo, las consecuencias
psicológicas suelen ser similares: estrés postraumático, sentimiento de
vergüenza, pérdida de confianza en uno mismo, aislamiento social, ansiedad e incluso depresión.

Existen herramientas de prevención

Frente a esta problemática, es indispensable poner en marcha herramientas de
prevención adaptadas. La sensibilización es la primera etapa: es necesario que los jóvenes,
los estudiantes, los profesionales de la noche y del sector de eventos estén formados
para reconocer y actuar ante estas situaciones.
Algunos dispositivos permiten hoy en día limitar los riesgos. Entre ellos, se encuentran
las fundas para vasos (tapas), que permiten proteger un vaso contra cualquier intrusión de
sustancia extraña. También existen otras herramientas, como las pruebas de
detección de drogas en las bebidas, tipo CYD (Check Your Drink), que se
pueden utilizar en unos segundos en un vaso sospechoso. Algunos establecimientos
proponen también sistemas de alerta, botones discretos o palabras
clave para dar al personal y señalar una situación de riesgo.

Por qué hay que nombrar y visibilizar la vulnerabilidad química

Nombrar un fenómeno es darle una realidad y, por tanto, hacerlo visible a los
ojos de la sociedad. El término vulnerabilidad química debe entrar en los discursos
públicos, en las campañas de sensibilización y, sobre todo, en las reflexiones
jurídicas. No se trata de inventar una nueva categoría de crimen, sino de
reconocer que ciertos agresores explotan voluntariamente un estado de debilidad
para dañar a otros. La ambigüedad en torno a esta noción ya no debe servir de excusa o
de pantalla para la impunidad.
Las campañas de prevención también deben recordar que una persona
alcoholizada sigue teniendo derecho a ser protegida. El consentimiento no puede obtenerse de
manera válida cuando una persona está bajo la influencia del alcohol o de una droga.

Hacia una cultura del respeto en los lugares festivos

La lucha contra la vulnerabilidad química pasa también por un cambio cultural. Es
hora de volver a poner la noción de consentimiento activo, claro y entusiasta en el centro

de todas las interacciones, sean cuales sean. Ya sea en una fiesta, en un bar,
en un campus o en un festival, es deber de cada uno velar por la seguridad
del otro.
No se trata de culpabilizar a las víctimas, ni de prohibir la fiesta, sino de crear un
entorno donde la vigilancia colectiva se convierta en una norma. Invitar a una copa,
acompañar a un/a amigo/a, señalar un comportamiento dudoso, o simplemente
estar atento a lo que ocurre a nuestro alrededor son gestos sencillos, pero
poderosos.

 

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